jueves, 21 de mayo de 2026

La naturaleza me envuelve y siento mi pequeñez




Songo, martes 12 de mayo de 2026
 
​Una experiencia tan simple como ir a buscar estiércol se convirtió en toda una experiencia mística.
 
​Baba Alberto es un enamorado de la huerta. Le encanta plantar, regar, pasear por la huerta que tenemos en casa y la mima al detalle. Siempre me cuenta que sus padres eran agricultores. Todos los años siempre de todo un poco: ajos, tomates, cebollas, lechugas, perejil, hierba huerto, berenjenas, repollo, coles, judías verdes, caña de azúcar… Además, tenemos todo tipo de frutales: naranjeros, limoneros, plataneras, parras, coração de boi, hatas, nonas, naranjas chinas, higueras, aguacateros, un olivo, guayaberas, papayeras, licha, maracujá, etc… Y también algunos medicinales como eucalipto y moreira.
 
 
 
 
Como se puede ver, tenemos frutas y verduras todo el año, pero eso tiene su ciencia, porque Alberto está siempre bajando a Maroeira para traer estiércol de corrales de vacas. Alberto hace días que no se encuentra bien de la columna, y cada paso que da es un dolor intenso y agudo que le obliga a dejarme pequeñas tareas que siempre hizo él, como esta de buscar estiércol.
Al salir de casa, lo primero que me impactó fue ver a decenas de mujeres que subían Mbonga cargadas de tomates, lechugas y otros productos para vender en el mercado. Eran las cinco de la mañana y ya estaba todo el mundo caminando y trabajando, aunque todavía es de noche porque estamos entrando en el invierno y los días son más cortos.
 


Cuando llegué a la cancela recogí al Sr. Xavier y al Sr. Domingos para que me acompañasen al lugar donde está el corral. Mi sorpresa fue ver que toda la familia ya estaba preparada para llenar los sacos de estiércol. Estuve algunos minutos viendo como realizaban el trabajo y luego contemplé el amanecer en Caliote sobre las 5:30. Caliote es un lugar tranquilo, donde se oyen todos los pajaritos, las vacas, los gallos, las cabras… en un ambiente natural de gran belleza, quizá porque es un barranco parecido a Guayadeque, pero de mayores dimensiones.
 
 
Tatenda pakulu! Respirar este aire limpio del barranco mientras sale el sol es una bendición. Tuve una sensación parecida cuando estuve unos días acampado en la caldera de Taburiente en el año 1997. La naturaleza me envuelve y siento mi pequeñez de hormiga humana hecha para contemplar-Te en cada roca, en cada árbol, en cada canto del gallo, en el olor a estiércol, en el caminar de las vacas, en el barranco que aún lleva agua… en fin, para contemplar-Te en todo y en todos.







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