Songo, lunes 4 de mayo de 2026
El día después. Estaba hecho gofio porque ayer celebramos la fiesta de San José Obrero y estuvimos juntos hasta bien entrada la tarde.
Todos los animadores de las comunidades y profesores de nuestras escuelas se quedaron para recibir su subsidio y para llevarse el azúcar y el dinero para el millo.
Les preparé el desayuno, eran más de 10.
Además, tres mujeres de Chiringa vinieron pensando que hoy comenzaba el curso para danzarinas y cantoras… Cuál fue mi sorpresa al ver la siguiente escena: cuando les dije “servidos” para que desayunen, se abalanzaron todos sobre la mesa, y cuando regresé para llevarles leche en polvo, me encuentro a las tres mujeres con sus bebés sentadas cerca de la puerta, y les pregunté: ¿a qué esperan? Y su respuesta no se hizo esperar: “A que ellos acaben, para después comer nosotras” Me quedé helado. Les dije a los profesores y animadores si no les daba vergüenza y, para mi perplejidad, ellos y ellas se rieron y continuaron con el desayuno.
Me fui porque, aunque llevo aquí muchos años, todavía no tolero estas actitudes machistas tan instaladas en el tuétano cultural que hasta causan carcajadas cuando alguien las pone en cuestión.
Tatenda pakulu! Regresé pasado un minuto y ya estaban todos y todas en la mesa.
No porque hayan cambiado su machismo, sino porque culturalmente también deben cumplir las órdenes de aquellos que “son superiores”. Es decir, que me obedecieron por ser el “párroco” y no porque crean en un mundo donde hombres y mujeres estemos en pie de igualdad.
Gracias por abrirme los ojos una vez más a este mundo cultural tan alejado del mío. Dame paciencia para no juzgar, pero sí firmeza para poder orientar desde tu santo Evangelio.




































