domingo, 17 de enero de 2016

Nuestro mayor valor es la vida...



Missão, segunda-feira 04 de Maio de 2015

                Un ángel pasó por mi vida y no quiero olvidar que sus alas alguna vez me tocaron. Se llamaba Wiliamo Hleveia (Gueveia) y hoy fuimos a Maputo para traer su cuerpo y darle cristiana sepultura.
                Acercarse unos metros a la morgue de Maputo es igual a oler la muerte. Mientras estábamos en la puerta esperando que nos llamaran para identificar el cadáver, llegó una ambulancia donde se podía leer “Nuestra mayor valor es la vida”. Se paró frente a nosotros, abrieron la puerta trasera y un trabajador comenzó a tirar del brazo del cadáver de una joven para sacarla del vehículo. Lo hizo como quien tira de un zapato, parecía que le iba a arrancar el brazo. La joven fallecida quedó al descubierto y tenía los ojos abiertos. Se me rompió el corazón al ver cómo trataban el cuerpo, ahora sin vida, de esa joven desconocida.
                Recordé una y otra vez a María Madoncela. Aquel olor y los cuerpos en las camillas del pasillo sin una triste sábana por encima, tratados como carne que nunca tuvo vida, que nadie acarició, como carne que nunca fue amada, como carne que nunca se movió para hacer el bien.
                La funeraria nos arregló los papeles de la beneficencia y no tuvimos que pagar nada. Salimos sin papeles y cargamos el cuerpo del Sr. Wiliamo en el Land Cruiser sin ningún tipo de papel para llevárnoslo a Sábiè. Es decir, más de 100km con el riesgo de que nos parase la policía y nos preguntase sobre el finado. Nos tranquilizaron las palabras del Sr. Manuel de la funeraria mozambiqueña: “No se preocupen. La policía Mozambique tiene miedo de los muertos”.
                Llegamos a Sábiè sin ningún problema, y entramos directamente en su casa. Me alegró ver que había mucha gente de la comunidad presente para recibirlo. Después de unas oraciones nos fuimos al cementerio, y ya pasaban de las 17.00, y habíamos salido a las 05:00h, doce horas para poder enterrar al vovó Wiliamo.

                Ni bongile! Lo enterramos tal cual vivió: en paz y pobremente. Enterramos a un amigo, a un maestro, a un ángel que nos sonrió y nos ayudó a abrir el corazón. Sí, los pobres nos humanizan y nos divinizan, porque nos obligan a dar lo mejor de nosotros: tu Amor.

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